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11 Octubre 2021

La raíz científica de la obesidad

A pesar de las intensas investigaciones, las causas subyacentes de esta enfermedad siguen sin comprenderse del todo. La clave estaría más relacionada con la calidad que con la cantidad de alimento que se consume.

La obesidad, calificada como una pandemia, es un problema de salud pública cada vez mayor en el mundo y sus afecciones relacionadas difieren según la región. Esta realidad no pertenece a una sociedad específica, sino que se ha convertido en una complicación nutricional común que necesita ser abordada de manera interdisciplinaria [1].

En términos generales se define como la acumulación excesiva o la distribución anormal de la grasa que afecta la salud y se clasifica por el índice de masa corporal (kg/m). Su estudio ha estado dominado durante el siglo XX por el concepto de equilibrio energético. Este enfoque conceptual -basado en principios termodinámicos- establece que la energía no puede ser destruida, sino que ganada, perdida o almacenada por un organismo. 

Por tanto, su aplicación en la investigación de la obesidad, reflejado en los protocolos vigentes para su prevención y tratamiento, enfatiza que el apetito excesivo o la actividad física insuficiente son los principales determinantes de la modificación de este balance que conducen a un aumento de peso [2]. 

Sin embargo, este modelo no puede explicar por sí solo por qué el peso se acumula de manera persistente en los individuos, en lugar de alcanzar una meseta cuando se restablece el equilibrio entre ingesta y gasto calórico. Además, subestima el efecto de determinados componentes de la dieta (como carbohidratos, aminoácidos y ácidos grasos) sobre el metabolismo y la oxidación de moléculas orgánicas para obtener energía.

Dada la tendencia innegable del aumento sostenido de la obesidad, que coincide con el de diabetes, vale la pena preguntarse si el fracaso de su abordaje se debe a un mal entendimiento de las causas subyacentes.

Científicos estadounidenses elaboró un estudio para respaldar lo que muchas personas que hacen dieta han sospechado durante largo tiempo: la ciencia de lo que engorda no está en las calorías, sino que en la calidad de los alimentos que se consumen. 

El trabajo publicado como “Perspectiva” en The American Journal of Clinical Nutrition, sugiere que “el método tradicional de balance energético es defectuoso, porque no ayuda a comprender qué ocurre biológicamente con la obesidad”, señala David Ludwig, endocrinólogo del Boston Children's Hospital y profesor de la Facultad de Medicina de Harvard [3].

El modelo que ellos proponen de carbohidrato-insulina, afirma que comer en exceso no es lo que causa sobrepeso y obesidad. “La culpa recae enteramente en los patrones dietéticos del individuo con respecto al consumo excesivo de alimentos que tienen una alta carga glucémica, esencialmente carbohidratos de rápida digestión”.

Cuando una persona consume estos productos, el organismo aumenta la secreción de insulina mientras suprime la de glucagón. Esto produce que las células grasas almacenen más calorías sin que queden suficientes para alimentar los músculos y tejidos metabólicamente activos. 

El cerebro entiende este proceso como si el cuerpo no estuviese recibiendo suficiente energía, lo que provoca la sensación de hambre. “El modelo carbohidrato-insulina nos señala el camino hacia estrategias de control de peso que podrían ser más efectivas y duraderas. Al reducir el consumo de los azúcares, almidones y fibras que se encuentran en una gran variedad de alimentos se disminuye el impulso subyacente de almacenar grasa corporal. Como resultado las personas pueden perder peso con menos hambre y esfuerzo”.

Para probar esta hipótesis, junto a la doctora Cara B. Ebbeling de la misma institución, desarrolló una investigación paralela que incluyó a 164 adultos con sobrepeso y obesidad, en su mayoría mujeres, que se dividió en dos fases [4]. 

Primero, los participantes fueron sometidos a dietas estrictas y bajas en calorías que redujeron peso corporal en aproximadamente 12%. Luego, cada uno debía seguir durante cinco meses uno de los tres programas de alimentación en las que el 20%, 40% o 60% de la energía provenía de carbohidratos (baja, media, alta). La proteína se mantuvo estable en un 20% de las calorías en cada régimen y el porcentaje restante se obtenía de grasas. Las comidas fueron entregadas y adaptadas a las necesidades de cada persona por el equipo investigador para así asegurar el apego a las indicaciones y la mantención del peso.

En todos los casos, 35% de la grasa consumida era saturada, “lo que significa que la dieta baja en carbohidratos contenía el triple de ácidos grasos que la alta (21% frente al 7%), lo que está muy por encima de las actuales recomendaciones”, señalan los autores. 

El patrón bajo en carbohidratos utilizado en el estudio eliminó en gran medida los alimentos ultraprocesados y azucarados y, al mismo tiempo, dejó espacio para los de “alta calidad” de frutas y verduras enteras, legumbres y otras plantas. Eso corrigió los perfiles de lípidos en sangre que se relacionan con enfermedad cardiovascular y resistencia a la insulina; y aumentó la adiponectina, hormona secretada por el tejido adiposo que regula el metabolismo energético, estimula la oxidación de ácidos grasos, reduce los triglicéridos plasmáticos y mejora el metabolismo de la glucosa mediante aumento de la sensibilidad a la insulina.

“También encontramos que redujo un promedio de casi 15% la lipoproteína (a), un factor de riesgo subestimado de aterosclerosis que anteriormente no se pensaba que estaba influenciado por la dieta”, comenta el doctor Ludwig. 

Para el equipo investigador los carbohidratos refinados y no el exceso de calorías es lo que está promoviendo la pandemia de obesidad, porque “alimentos como el pan blanco, arroz, cereales para el desayuno y productos ultraprocesados provocan picos de azúcar en la sangre y la insulina que enlentecen el metabolismo, incrementan la sensación de hambre y aumentan el almacenamiento de grasa”.

El sobrepeso y la obesidad tienen directa relación con las principales enfermedades crónicas de nuestro tiempo: patologías cardiovasculares, diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial y algunos tipos de cáncer. 

Aunque todavía se necesita seguir ampliando las investigaciones, el modelo de carbohidratos-insulina puede ser un primer paso para el desarrollo de nuevos enfoques ajustados a la realidad y evidencia de esta problemática. Mientras eso ocurre, seguir un patrón alimentario con productos mínimamente procesados que aporten con gran cantidad de antioxidantes, vitaminas, minerales y fibra parece ser la clave para conseguir una mejor salud. 

Referencias
[1] Mayoral LP, Andrade GM, Mayoral EP, et al. Obesity subtypes, related biomarkers & heterogeneity. Indian J Med Res. 2020;151(1):11-21.
[2] Wells JC, Siervo M. Obesity and energy balance: is the tail wagging the dog?. Eur J Clin Nutr. 2011;65(11):1173-1189.
[3] Ludwig DS, Aronne LJ, Astrup A, et al. The carbohydrate-insulin model: a physiological perspective on the obesity pandemic [published online ahead of print, 2021 Sep 13]. Am J Clin Nutr. 2021;nqab270.
[4] Ebbeling CB, Knapp A, Johnson A, et al. Effects of a low-carbohydrate diet on insulin-resistant dyslipoproteinemia-a randomized controlled feeding trial [published online ahead of print, 2021 Sep 28]. Am J Clin Nutr. 2021;nqab287.

Por Carolina Faraldo Portus

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