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07 Noviembre 2022

Del trauma infantil al estrés tóxico

Las experiencias adversas en la niñez no solo tienen consecuencias inmediatas en la salud: pueden cursar hasta la adultez, incluso con el riesgo de perder años de vida.

De acuerdo con un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), una de las consecuencias más negativas de la pandemia por COVID-19 es el aumento de la vulnerabilidad en este grupo de la población profundizando desigualdades preexistentes y reduciendo el acceso a la salud, educación, nutrición y seguridad social [1]. 

Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), durante 2020, 78 millones de latinoamericanos sufrieron pobreza extrema, ocho millones más que en 2019. El problema es particularmente grave en niñas, niños y adolescentes y en los sectores con menor nivel educativo [2]. Por su parte, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) calcula que en este segmento creció 19% en Europa del Este y Asia Central desde 2021 como consecuencia de la guerra en Ucrania y el aumento de la inflación [3] advirtiendo un “efecto dominó” que impulsará el abandono escolar y la mortalidad.

Este y otros flagelos son conocidos en el área de la salud como experiencias adversas en la infancia (EAI). Son definidas como eventos o exposición continua a circunstancias más allá del control de un menor de edad, que pueden afectar negativamente su bienestar relacionándose con la adquisición de conductas de riesgo y el desarrollo de enfermedades crónicas y mentales desde la adolescencia y en la vida adulta [4]. Vale decir, su impacto es a corto, mediano y largo plazo.

Evidencia y tareas pendientes

Especialistas del Instituto Nacional de Pediatría y la Universidad Nacional Autónoma (UNAM), en México, clasifican las EAI en tres categorías: condiciones sociales, situaciones que pueden generar disfunción familiar y experiencias relacionadas con la violencia. En ellas se encuentran adversidades como el bajo nivel socioeconómico, un vecindario inseguro, discriminación, abuso de sustancias en el hogar, crianza monoparental, haber vivido en un orfanato, enfermedad mental de los padres o cuidador, abuso físico, emocional y sexual, ser testigo de violencia doméstica, negligencia y abandono. 

“La exposición fuerte, frecuente o prolongada, junto a la ausencia de protección y apoyo de un adulto puede generar estrés tóxico, es decir, una desregulación del sistema inmunitario que aumenta las infecciones en la edad pediátrica. A medida que pasa el tiempo, quienes lo sufrieron presentan conexiones neuronales débiles y escasas perjudicando el aprendizaje y razonamiento. Mientras más adversidades, mayor será el daño futuro”, comentan [5]. 

En general, las EAI aumentan el riesgo posterior de embarazo adolescente, alcoholismo, tabaquismo, drogadicción, violencia intrafamiliar, depresión, enfermedades cardiovasculares y hepáticas, cáncer, diabetes e infecciones de transmisión sexual. La acumulación y asociación de estos afectaría la expresión de los genes y el desarrollo del sistema inmunitario [6].

Un problema adicional es el poco conocimiento en torno a ellas. Así lo concluyó una encuesta realizada por la Academia Americana de Pediatría [7], agrupación científica que sugiere fortalecer la formación académica y el entrenamiento de habilidades prácticas para detectarlas de forma oportuna. Un estudio asegura que la atención y cuidados de los pediatras mejoran al ser capacitados específicamente en este tema [8]. En esa línea, por ejemplo, la Facultad de Medicina de la UNAM imparte desde 2019 la asignatura “Maltrato infantil: gravedad y prevención” [9].

Combinaciones y esperanza de vida

De acuerdo con una investigación de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés), las carencias socioeconómicas, junto a otros tipos de EAI, se asocian a mayores posibilidades de muerte prematura en la edad adulta [10]. En el trabajo se incluyeron a 46.129 personas inscritas en el Proyecto Perinatal Colaborativo del NIH [11] y los resultados son los siguientes: la pobreza combinada con viviendas abarrotadas se asoció a un riesgo de 41% y con la separación de sus progenitores, 50%. Quienes experimentaron maltrato y negligencia de los padres 16% y el riesgo también fue mayor en 28% para las personas con una niñez en un entorno familiar inestable.

“Entender los patrones y su asociación con una esperanza de vida más corta ayuda a comprender mejor el costo de las experiencias tempranas en la salud y dimensionar cómo se traslada desde la niñez hasta la edad adulta”, sostuvo Stephen Gilman, uno de los autores y jefe de la Rama de Ciencias Sociales y del Comportamiento del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de NIH.

Especialistas en salud infantil coinciden en que un camino para ayudarlos, es proporcionar relaciones seguras, protegidas y enriquecedoras. Buscar asesoría de un profesional capacitado que fortalezca habilidades para afrontar la situación y sanar experiencias traumáticas es clave para prevenir daños futuros. Jamás se debe olvidar que, tratándose de niñas y niños, siempre hay esperanza.

Referencias
[1] Respuestas de política pública y desafíos para garantizar el bienestar de la primera infancia en tiempos de COVID-19. https://www.buenosaires.iiep.unesco.org/es/portal/respuestas-de-politica-publica-y-desafios-para-garantizar-el-bien-estar-de-la-primera
[2] Pandemia provoca aumento en los niveles de pobreza sin precedentes en las últimas décadas e impacta fuertemente en la desigualdad y el empleo https://www.cepal.org/es/comunicados/pandemia-provoca-aumento-niveles-pobreza-sin-precedentes-ultimas-decadas-impacta
[3] El impacto de la guerra en Ucrania y la posterior recesión económica en la pobreza infantil en Europa del Este. https://www.unicef.org/eca/reports/impact-war-ukraine-and-subsequent-economic-downturn-child-poverty-eastern-europe
[4] Felitti VJ, Anda RF, Nordenberg D, Williamson DF, et al. Relationship of childhood abuse and household dysfunction to many of the leading causes of death in adults. The Adverse Childhood Experiences (ACE) Study. Am J Prev Med. 1998 May;14(4):245-58.
[5] Casas-Muñoz A, Loredo-Abdalá A, Sotres-Velasco B, Ramírez-Angoa LV, et al. Adverse childhood experiences. Knowledge and use by pediatrics residents. Gac Med Mex. 2021;157(1):10-17. English.
[6] Cronholm PF, Forke CM, Wade R, Bair-Merritt MH, et al. Adverse Childhood Experiences: Expanding the Concept of Adversity. Am J Prev Med. 2015 Sep;49(3):354-61.
[7] Kerker BD, Storfer-Isser A, Szilagyi M, Stein RE, et al. Do Pediatricians Ask About Adverse Childhood Experiences in Pediatric Primary Care? Acad Pediatr. 2016 Mar;16(2):154-60.
[8] Magen E, DeLisser HM. Best Practices in Relational Skills Training for Medical Trainees and Providers: An Essential Element of Addressing Adverse Childhood Experiences and Promoting Resilience. Acad Pediatr. 2017 Sep-Oct;17(7S):S102-S107.
[9] Universidad Nacional Atónoma de México/Secretaría Sistemas Universidad Abierta y Educación a Distancia/Facultad de Medicina [Internet]. México:Licenciatura de médico cirujano;2019.
[10] Jing Yu, Reeya A. Patel, Denise L. Haynie, Stephen E.Gilman, et al. Adverse childhood experiences and premature mortality through mid-adulthood: A five-decade prospective study. The Lancet Regional Health - Americas, 2022, 100349, ISSN 2667-193X.
[11] Investigación de SBSB: Determinantes sociales del desarrollo infantil y la salud mental. https://www.nichd.nih.gov/about/org/dir/dph/officebranch/sbsb/social-determinants

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

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