Mat. Barbara Harper:
“El parto en el agua es más fácil para las madres y mejor para los bebés"
Esta práctica redefine el nacimiento desde la fisiología, la evidencia científica y el respeto por los tiempos del cuerpo, promoviendo autonomía, bienestar materno y una transición más suave para el recién nacido.
Es una modalidad de atención del nacimiento en la que la mujer realiza parte o la totalidad del trabajo y, en algunos casos, el período expulsivo, sumergida en agua tibia. Esta inmersión favorece la relajación profunda, disminuye la percepción del dolor, facilita el movimiento libre y promueve una vivencia más autónoma y respetada del proceso de parir.
Desde el punto de vista fisiológico, el agua contribuye a la liberación de oxitocina y endorfinas, claves para la progresión del trabajo de parto, y permite una transición más suave del recién nacido al entorno extrauterino.
Barbara Harper es enfermera pediátrica y matrona, reconocida internacionalmente como una de las principales impulsoras de esta técnica de alumbramiento. Tras vivir una experiencia de parto hospitalario que consideró invasiva y poco respetuosa, inició un camino de investigación, formación y docencia que la llevó a tener su primer parto en el agua en 1984.
"Cuando se aplica con criterios clínicos claros, formación profesional adecuada y respeto por la fisiología del nacimiento, el parto en el agua se consolida como una práctica segura, respaldada por la evidencia y centrada en el bienestar de la mujer y su hijo", detalla.
Harper ha dedicado más de cuatro décadas a la enseñanza y difusión de esta práctica basada en la evidencia científica, la fisiología del parto y el respeto por la autonomía de la mujer. Su trabajo la ha llevado a colaborar con hospitales, universidades y equipos de salud en más de 80 países.
- ¿Cómo nació su conexión con el agua y qué la llevó a convertir esa experiencia en una misión global?
Descubrí su uso en el trabajo de parto y el nacimiento a través de una revista estadounidense que publicó un reportaje muy amplio con fotografías provenientes de Rusia. En esas imágenes se veía a mujeres pariendo en el agua, con el bebé aún unido por el cordón umbilical. En ese momento yo trabajaba como enfermera en una clínica pediátrica y mi reacción fue inmediata: "¿Qué es esto? Cuéntenme más".
Sentí una conexión instantánea. Llevaba entre 12 y 14 años trabajando en hospitales y no había tenido una buena experiencia con mi primer parto. Fue irrespetuoso, poco delicado; algo que me hicieron, sin que yo tuviera voz ni decisión. Cuando mi marido quiso tener un hijo, le mostré la revista y le dije que quería investigar esta forma de parir, pensando sobre todo en que sería más cómoda para el bebé.
En octubre de 1984 di a luz en el agua, en mi propio dormitorio. Esa misma noche miré a mi matrona y le dije: "Dios mío, tengo que contarles a todas las mujeres del planeta lo fácil que fue esto". Así nació lo que luego se transformó en una misión global.
- Tras enseñar en más de 80 países, ¿ha observado diferencias culturales en la forma en que se comprende y vive esta opción?
Sí, la principal está en cómo se aborda en la práctica. Si se piensa que el parto en el agua es simplemente lo mismo que uno en la cama, pero dentro de una tina, se pierde lo más importante: la independencia de la mujer. La madre puede hacerlo todo por sí misma.
La mayor queja que escucho de matronas y médicos que comienzan sin formación es que les resulta muy demandante físicamente, porque sienten que deben inclinarse y sacar al bebé. Yo les digo: saquen las manos. Ayuden a la mujer a llegar al lugar donde pueda dejar salir a su bebé. No es lo mismo sacar al bebé que dejarlo nacer.
- ¿Qué evidencia científica respalda la seguridad de esta práctica?
He leído más de 700 artículos que se remontan incluso a principios del siglo XIX. Hoy, la información más sólida proviene de los metaanálisis y revisiones sistemáticas. Estudios que comparan miles de nacimientos en cama y en agua no han encontrado diferencias negativas en los recién nacidos.
Investigaciones recientes, que analizan decenas de miles de partos hospitalarios, muestran que en el agua es más fácil para las madres y mejor para los bebés. Desde el punto de vista científico, no hay motivos para retroceder.
- Desde su experiencia clínica, ¿qué impacto tiene el agua en la percepción del dolor y la liberación hormonal durante el trabajo de parto?
Al agua la llamamos cariñosamente "aquedural". No elimina la sensación, pero la transforma. La mujer siente la presión y la contracción, pero no lucha contra ella. Este medio iguala la presión, devuelve el control y facilita el movimiento. Aumenta la oxitocina y, con ella, las endorfinas.
He visto mujeres tan relajadas que apenas mueven su cuerpo, y el bebé desciende sin resistencia. Muchas describen la experiencia como profundamente placentera, una liberación de energía.
- El rol del microbioma y la adaptación fisiológica del bebé son aspectos claves en cuanto a seguridad…
El bebé nace cubierto de vérnix, una sustancia impermeable que protege su piel y recoge las bacterias del canal vaginal. Estudios muestran que el microbioma del bebé y de la madre es el mismo días después del nacimiento. El agua no interfiere en este proceso; al contrario, actúa como una protección adicional.
Además, el recién nacido no puede iniciar la respiración bajo el agua. El primer aliento ocurre solo cuando el rostro entra en contacto con el aire, activando los nervios faciales. El agua protege esa transición fisiológica.
Finalmente, este tipo de parto es para nacimientos normales, respetados y acompañados. Requiere educación, conocimiento y confianza en la fisiología del parto. Cuando se hace bien, el agua no es un obstáculo, es una aliada. Agua es vida.
Por María Ignacia Meyerholz