Dra. Carla Contreras Narváez:
"El manejo del trastorno bipolar avanza hacia terapias asociadas a la fase clínica"
El mayor conocimiento sobre su evolución ha impulsado estrategias individualizadas, incorporando recurrencia, perfil y comorbilidades para optimizar los resultados terapéuticos.
Caracterizada por la alternancia entre episodios de manía, hipomanía y depresión, el trastorno bipolar provoca un impacto significativo en la funcionalidad de quienes la padecen.
Su diagnóstico continúa siendo un desafío clínico, especialmente en etapas iniciales, donde puede confundirse con otros trastornos del ánimo. A nivel global, se reconoce la importancia de un abordaje integral que incluya tratamiento farmacológico, psicoterapia y seguimiento continuo.
En el marco del Día Mundial del Trastorno Bipolar (30 de marzo), la doctora Carla Contreras —psiquiatra de adolescentes y adultos, formada en la Universidad de Chile, con especialización en Barcelona, España— entrega una mirada actualizada sobre los principales desafíos y avances en el manejo de esta patología. Actualmente, se desempeña como coordinadora del Grupo de Trabajo de Trastornos del Ánimo de la Sociedad Chilena de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía y cuenta con amplia experiencia clínica en atención ambulatoria y hospitalaria.
- ¿Cuáles son los principales desafíos en la pesquisa y qué impacto tiene su detección oportuna en el pronóstico?
Uno de los obstáculos más relevantes sigue siendo el diagnóstico tardío. En la práctica clínica, es frecuente que los pacientes consulten inicialmente por episodios depresivos, lo que puede conducir a una clasificación errónea como depresión unipolar. Esta situación retrasa el inicio de un abordaje terapéutico adecuado y, en algunos casos, puede agravar la evolución clínica si se indican estrategias no pertinentes, como el uso de antidepresivos en monoterapia.
A esto se suma la variabilidad en la presentación clínica. No todos manifiestan episodios maníacos evidentes, y las hipomanías pueden pasar inadvertidas tanto para las personas como para el clínico, lo que exige una anamnesis exhaustiva y una pesquisa dirigida de antecedentes afectivos.
La identificación precoz es clave, ya que permite intervenir antes de la acumulación de episodios, lo que se asocia a un mejor pronóstico a largo plazo. Sabemos que la recurrencia puede contribuir a un deterioro progresivo en el funcionamiento cognitivo y psicosocial. En este sentido, reconocer tempranamente el cuadro y establecer un tratamiento adecuado puede modificar de manera significativa el curso de la enfermedad.
- Desde el punto de vista terapéutico, ¿qué avances han marcado su abordaje en los últimos años?
En términos farmacológicos, hemos ampliado la comprensión del uso de estabilizadores del ánimo y antipsicóticos atípicos, con esquemas cada vez más individualizados según el perfil clínico. La tendencia actual es evitar enfoques generalizados y priorizar tratamientos basados en la fase de la enfermedad, la recurrencia de episodios y la presencia de comorbilidades.
También ha habido un desarrollo importante en intervenciones psicoterapéuticas con evidencia, como la psicoeducación y la terapia cognitivo-conductual. Estas estrategias han demostrado reducir recaídas y mejorar la adherencia terapéutica, lo cual es crucial en una patología de curso crónico.
- En relación con la práctica clínica, ¿qué importancia tiene el abordaje interdisciplinario?
Es esencial. El trastorno bipolar no puede abordarse únicamente desde la farmacoterapia. Requiere un trabajo coordinado entre psiquiatras, psicólogos, terapeutas ocupacionales y, en algunos casos, otros profesionales de salud.
Este enfoque permite abordar dimensiones que van más allá de los síntomas, como la funcionalidad, la reinserción laboral, las dinámicas familiares y el autocuidado.
- ¿Qué factores influyen en la adherencia terapéutica y cómo se pueden optimizar?
Son múltiples: la conciencia de enfermedad, los efectos adversos de los fármacos, la relación médico-paciente y el apoyo familiar. En muchos casos, durante fases de estabilidad, las personas pueden cuestionar la necesidad de continuar con el tratamiento, lo que aumenta el riesgo de recaídas.
Para optimizarla, es clave la psicoeducación. Explicar claramente la naturaleza del trastorno, los objetivos del tratamiento y los riesgos de la suspensión es fundamental. Asimismo, construir una alianza terapéutica sólida y mantener una comunicación clara y empática mejora significativamente los resultados.
- Desde su experiencia, ¿qué impacto tiene en la vida cotidiana?
Es profundo y multidimensional. Los episodios pueden generar dificultades en la estabilidad laboral, conflictos interpersonales y deterioro en la calidad de vida. Sin embargo, con un tratamiento adecuado y un seguimiento continuo, muchos logran una vida funcional y satisfactoria. Esto refuerza la importancia de un abordaje integral y sostenido en el tiempo.
- ¿Cómo va evolucionando el enfoque terapéutico en esta patología?
Va en vías hacia una medicina más personalizada, donde se integren variables clínicas, biológicas y psicosociales para definir estrategias terapéuticas más precisas. También hay un creciente interés en biomarcadores que puedan facilitar el diagnóstico y predecir la respuesta al tratamiento, aunque aún estamos en etapas de desarrollo en ese ámbito.
Paralelamente, el fortalecimiento de redes de colaboración entre especialistas y la investigación clínica seguirán siendo fundamentales para avanzar en el conocimiento y mejorar los estándares de atención.
Por María Ignacia Meyerholz