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20 Julio 2020

Yersinia pestis, radiografía al patógeno invencible

El microorganismo, causante de la devastadora peste bubónica y otras infecciones, sigue planteando desafíos a las ciencias médicas.

La confirmación de un caso de peste bubónica en China, el 3 de julio de 2020, alertó a la OMS. Poco después, un niño de 15 años falleció en Mongolia producto de la misma patología, tras consumir carne de marmota, una práctica que se encuentra prohibida y que tampoco respetaron dos hermanos de la provincia de Hovd, en el gigante asiático. 

Ellos y sus contactos estrechos fueron puestos en cuarentena, una medida implementada en todo el mundo para detener el avance del SARS-CoV-2, y en paralelo se solicitó a los habitantes de las regiones comprometidas restringir la caza, consumo y transporte de animales riesgosos, además de información sobre roedores muertos o enfermos para que puedan ser analizados.

La peste bubónica, que terminó con la vida de millones de personas en los tres grandes brotes que han afectado a la humanidad, es causada por la bacteria Yersinia pestis, una de las zoonosis más devastadoras de la historia.

La primera pandemia registrada asoló al Imperio Romano y fue bautizada como la “Plaga de Justiniano”. Fue en el siglo VI (541-542) y los muertos habrían superado los 50 millones. Una investigación publicada en 2014 por The Lancet sugiere que esta cepa del patógeno difiere de los brotes posteriores [1].

En la Edad Media se propagó por África, Asia y Europa. Solo en este último continente falleció casi la mitad de la población y en América Latina sus efectos se sintieron en México, Bolivia, Brasil, Paraguay, Cuba y Puerto Rico.

Yersinia pestis pertenece a la familia Enterobacteriaceae y morfológicamente se caracteriza por ser un bacilo gramnegativo, de coloración bipolar, muy pequeño, cocobacilar y pleomórfico [2]. Finalizando el siglo XIX, los microbiólogos Kitasato Shibasaburō (japonés) y Alexandre Yersin (franco suizo) lo descubrieron y aislaron, pero fue el europeo quien logró difundir masivamente sus investigaciones. 

Durante los primeros años del siglo XX, la peste se extendía por las ciudades portuarias de India, dejando 12,5 millones de víctimas. El país fue uno de los más golpeados por el nuevo brote, originado en 1855 en Asia Oriental y activo hasta 1959 según la OMS.

Pero el patógeno no solo se asocia a peste bubónica. También provoca otras infecciones como la Yersinia enterocolitica y Yersinia pseudotuberculosis, las que se distribuyen por todos los continentes y se transmiten por ingestión de alimentos o agua contaminada.

La primera genera principalmente enfermedad diarreica, segunda causa de muerte en menores de cinco años. Pese a ser prevenible y tratable, cobra la vida de 525 mil niños y los casos llegan a 1.700 millones anuales. El cuadro lleva a malnutrición y requiere ser abordado mediante estrategias que garanticen el acceso a agua potable y servicios de higiene.

En tanto, la Yersinia pseudotuberculosis desencadena con más frecuencia adenitis mesentérica, clínicamente similar a la apendicitis y se investiga su vínculo con la nefritis intersticial y el síndrome urémico hemolítico.

Ambos microorganismos pueden causar faringitis, septicemia, infecciones focales en múltiples órganos, eritema nudoso y artritis reactiva posinfecciosa. La OMS aconseja que los esfuerzos de prevención se orienten a una adecuada manipulación y preparación de alimentos, control de mascotas y el seguimiento epidemiológico de los brotes sospechosos.

Riesgo controlado

El origen de la peste bubónica fue asociado a los miasmas, fenómenos astrológicos y geológicos e incluso a un castigo divino por los pecados de la humanidad, sin embargo, la evidencia científica descartó estas hipótesis.

La picadura de la pulga Xenopsylla cheopis, que habita principalmente en ratas, además de marmotas y ardillas, es el principal medio de transmisión. Se manifiesta en la ingle, axilas o cuello, con la inflamación de nódulos del sistema linfático, acompañada de supuraciones y fiebre, provocando escalofríos, espasmos, vómitos, delirio y fuertes dolores. 

El ganglio linfático inflamado, su signo más común, recibe el nombre de bubón, de donde proviene el término peste bubónica, cuya mortalidad no supera el 5% bajo terapia. Existen otras variantes, ambas letales y fulminantes si no reciben tratamiento. Una es la septicémica, caracterizada por la multiplicación de las bacterias en el torrente sanguíneo, causando hemorragias internas, trombosis capilares y tonalidad oscura en la piel, lo que explica por qué es conocida como peste o muerte negra. En tanto, la neumónica compromete el aparato respiratorio y provoca tos expectorante, aumentando la posibilidad de contagio mediante partículas de aerosol.

Debido a la capacidad de adaptación de la Yersinia pestis al hospedador animal, la peste bubónica aún representa una amenaza para la población y casos endémicos en Asia, África, Latinoamérica y Estados Unidos son observados con cautela por la comunidad científica, ya que han surgido nuevas cepas, más resistentes a los antibióticos como la estreptomicina, descubierta en 1943 por el biólogo estadounidense Albert Schatz.

Sin embargo, los brotes suelen contenerse rápidamente y las tasas de infección no superan los dos dígitos. De acuerdo con la Sociedad Americana de Medicina Tropical e Higiene, durante los primeros 10 años del siglo XXI se notificaron 21.725 casos y 1.612 muertes, fundamentalmente en zonas rurales, de extrema pobreza y con condiciones de hacinamiento. En un informe de 2018, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades descartó casos en ese continente en las últimas décadas.

Pese a su pasado, se descarta la posibilidad de que la peste bubónica se convierta en un peligro global. “Puede ser tratada con antibióticos, por lo que la mayoría de los pacientes, si son diagnosticados precozmente, se recuperan y no la propagan”, comenta Susan Jones, especialista en Ecología de las Enfermedades de la Universidad de Minnesota, Estados Unidos. “Una persona la contrae por contacto directo con animales enfermos. A menos que se convierta en una infección pulmonar, no se transmite fácilmente en la población”.

Si no se aborda de forma temprana, su tasa de mortalidad oscila entre 30% y 60%, aunque el reto más importante para las ciencias médicas es lograr su erradicación. “Se ha privilegiado una estrategia de control y no de eliminación. Es poco probable que la peste sea suprimida en todo el planeta, debido a la existencia de reservorios animales ecológicamente complejos, que seguirán albergando la bacteria”, explica Alice Lebreton, miembro del Instituto de Biología de la Escuela Normal Superior de París, Francia. “Los intentos de erradicar los insectos, mediante el uso masivo de insecticidas, o roedores resultaron desastrosos y bastante ineficaces, ya que las poblaciones siempre se recuperan”.

La investigación continúa desarrollándose en torno a la peste bubónica. Aumentar la eficacia de las vacunas, existentes desde principios del siglo XX, es uno de los desafíos, ya que la OMS recomienda la inoculación solo para grupos de riesgo como cazadores, agricultores y personal sanitario que atiende a infectados. Por otra parte, la biología molecular ha contribuido con técnicas de mayor velocidad diagnóstica, en comparación a las pruebas de hemocultivo.

En octubre de 2001 un equipo de científicos británicos descifró el genoma de la bacteria y en 2018, investigadores del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana de Alemania identificaron una cepa de 3.800 años recuperada en Rusia, la secuencia más antigua hasta la fecha que contiene los factores de virulencia considerados característicos de una enfermedad que, cada cierto tiempo, pareciera recordarle al mundo que el microorganismo que la provoca jamás ha sido derrotado.

Referencias

[1] Wagner DM, Klunk J, Harbeck M, et al. Yersinia pestis and the plague of Justinian 541-543 AD: a genomic analysis. Lancet Infect Dis. 2014;14(4):319-326. doi:10.1016/S1473-3099(13)70323-2
[2] Perru RD, Fetherston JD.Yersinia pestis-etiologic agent of Plague. Clin Microbiol Rev. 1997;10(1):35-66).

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

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