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08 Marzo 2021

Luces y sombras del electroshock

Sus positivos resultados en el manejo de trastornos mentales contrastan con el mal uso que se le dio durante años. Reglamentado y con respaldo científico, se encuentra vigente y beneficia a millones de personas.

Una descarga de 70 voltios en un paciente con esquizofrenia comenzó a cambiar la historia de la psiquiatría. Fue el 18 de abril de 1938 y tardó apenas una fracción de segundo, sin embargo, el resultado no dejó satisfecho al doctor Ugo Cerletti (1877-1963), director del Departamento de Enfermedades Mentales y Neurología de la Universidad de Roma, quien buscaba inducirle convulsiones y pérdida de conciencia.

Puso nuevamente los electrodos en su cabeza y aplicó 110 voltios durante 0,5 segundo por medio de un aparato de corriente alterna. El hombre, que luego del primer pulso eléctrico solo tuvo un espasmo muscular e incluso cantó al abrir sus ojos, esta vez sufrió una crisis epiléptica. Tras dos meses y 12 sesiones no había signos del trastorno, dando origen a la terapia electroconvulsiva (TEC), también llamada electroshock.

El tratamiento, considerado seguro y eficaz en el manejo de la depresión severa, manías agudas, algunos tipos de esquizofrenia, catatonia y enfermedad de Parkinson, es indicado cada año a más de un millón de personas, con una tasa de respuesta positiva entre 70% y 90%, de acuerdo con la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. Pero su presente difiere de un pasado en que los métodos utilizados y abuso de la técnica levantaron cuestionamientos de detractores que lo calificaban de barbárico e inefectivo.

En algunos hospitales psiquiátricos se implementó de forma indiscriminada y, en ocasiones, las descargas eléctricas, aplicadas sin sedación ni consentimiento, solo buscaban mantener controlados a los pacientes independiente de sus patologías. La resistencia aumentó con el paso de los años. En los 70 era muy impopular, mientras la percepción de médicos y la ciudadanía se exacerbaba por artículos de prensa y producciones cinematográficas como Atrapado sin salida. Una década más tarde, la TEC se reposicionó gracias a la evidencia científica, una estricta reglamentación y la incorporación de elementos que garantizaban sesiones breves e indoloras como anestesia, ventilación artificial y monitorización de signos vitales y función cardíaca. Aun así, en recintos asistenciales de Japón, Turquía, India y Nigeria continúa utilizándose sin sedar a los enfermos.

“Cuando se introdujo no contaba con los actuales protocolos y medidas de seguridad. Históricamente, películas que retratan experiencias tempranas, dramáticas e inhumanas aumentaron el miedo y estigma”, comenta el doctor Michael Henry, director del Programa de Terapia Electroconvulsiva del Hospital General de Massachusetts (Estados Unidos). La TEC actúa sobre el sistema nervioso central, produciendo una convulsión que altera todo el cerebro, incluidos los centros que controlan el estado de ánimo, apetito y sueño. “Corrige las anomalías biológicas que subyacen a la depresión grave en más de 80% de los casos. Se necesita un promedio de seis a 10 tratamientos repetidos o series para una mejora sostenida”, agrega.

Según un estudio publicado en Cell Reports, el desequilibrio entre neurotransmisores excitadores e inhibidores a nivel cerebral podría ser el origen de enfermedades psiquiátricas como esquizofrenia, depresión, ansiedad y trastornos del espectro autista. La región afectada por este desbalance en la neurotransmisión determinaría las diferencias en los síntomas clínicos y la patología [1].

Se prescribe electroshock cuando el paciente no responde a los fármacos y muestra alto riesgo de suicidio. También en el caso de mujeres embarazadas o personas mayores a quienes la medicación puede causar algún daño [2]. “Las descargas estimulan la actividad de los neurotransmisores con el objetivo de ‘resetear’ al cerebro. En depresión tiene una de las mayores tasas de remisión de todos los tratamientos”, asegura Cristina Cusin, psiquiatra del Programa de Investigación y Clínica de la Depresión de la Universidad de Harvard.

Dentro de sus efectos secundarios se describen problemas de memoria a corto plazo, que suelen desaparecer al cabo de horas, dolores musculares, de cabeza y mandíbula. Raramente, náuseas y vómitos.

Para comprender el proceso que llevó a la implementación de esta terapia nos debemos remontar a los postulados de Sigmund Freud (1856-1939), quien aseguraba que los trastornos mentales se debían a factores externos como problemas en la infancia, proponiendo un método terapéutico basado en técnicas de asociación libre o de interpretación de los sueños. En respuesta a su hipótesis, una corriente planteaba que la raíz de estas enfermedades eran alteraciones químicas en el cerebro, las que antes del electroshock se trataban con golpes fisiológicos inducidos con fármacos como la insulina humana en altas dosis y metrazol. Ambos resultaban eficaces en el abordaje de la esquizofrenia, pero el procedimiento dejaba secuelas como ansiedad e incluso fracturas vertebrales.

Cuando la comunidad científica debatía sobre los beneficios y desventajas de las sustancias, irrumpió Ugo Cerletti, quien observó en un matadero cómo paralizaban a cerdos antes de sacrificarlos, a través de tenazas electrificadas. El psiquiatra Lucio Bini (1908-1964) se unió a su trabajo y fabricó un dispositivo que contaba con un potenciómetro que podía ajustar la descarga entre 50 y 150 voltios, además de circuitos que regulaban el tiempo y resistencia.

Tras experimentar en cientos de animales, decidieron probar la fórmula en un esquizofrénico con los resultados ya comentados. Fue el punto de partida de uno de los abordajes clínicos más controvertidos en la historia de la medicina, el cual está plenamente vigente y utilizado más de lo que muchos imaginan.

Referencias
[1] Arora V, Pecoraro V, Aller MI, et al. Increased Grik4 Gene Dosage Causes Imbalanced Circuit Output and Human Disease-Related Behaviors. Cell Rep. 2018 Jun 26;23(13):3827-3838.
[2] Rudorfer, M.V. (2003). Electroconvulsive Therapy. En Jerald Kay (Ed.). Essentials of Psychiatry, 2da edición (pp. 1865-1901). Chichester, Inglaterra: Jhon Wiley & Sons Ltd.

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

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