Dra. Javiera Herrera Corrales:
“El ejercicio no solo previene enfermedades, también debe prescribirse como parte del tratamiento”
La frecuencia, intensidad, duración y tipo de actividad son factores que deben considerarse al momento de establecer una indicación adaptada a las condiciones de cada paciente, sus capacidades físicas y objetivos terapéuticos.
Salir a caminar, recorrer la ciudad en bicicleta, practicar un deporte, subir las escaleras o dedicar tiempo a alguna actividad recreativa son algunas de las alternativas para mantenerse físicamente activo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la actividad física se define como todo movimiento corporal producido por los músculos esqueléticos que implica un gasto de energía [1].
Las directrices "recomiendan entre 150 y 300 minutos de actividad física aeróbica moderada a la semana, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, además de dos sesiones semanales de fortalecimiento de los principales grupos musculares" [2]. Así lo detalla la doctora Javiera Herrera, médico general en la Clínica Universidad de Chile Quilín, de la Unidad de Hospitalizados del Hospital Metropolitano, diplomada en Medicina Deportiva y Actividad Física de la Universidad Católica de Chile, nadadora de aguas abiertas y abanderada de Chile para el Mundial OCEANMAN WFC 2026.
A pesar de estas indicaciones, la inactividad física y el sedentarismo siguen siendo un problema a nivel global. "Según cifras del 2022, el 31% de los adultos no cumplía con las recomendaciones mínimas de actividad física de la OMS. Lamentablemente, es una situación que ha ido empeorando. La tecnología y cambios como la expansión del teletrabajo después de la pandemia también han influido en nuestros niveles de actividad física" [1], explica la doctora.
"Como médicos, tenemos que hacernos cargo de esta realidad. Si nuestra formación de pregrado fue insuficiente o limitada en esta materia, debemos buscar herramientas para ayudar a mejorar la salud de nuestros pacientes y enseñarles cómo incorporar la actividad física a sus vidas".
- Desde la evidencia, ¿qué lugar debería ocupar la actividad física en la prevención de enfermedades?
Un rol central, porque hoy no se puede entender solamente como una recomendación general sobre el estilo de vida.
Los profesionales médicos debemos entender que mantener a nuestros pacientes en movimiento constituye una exposición biológica que produce adaptaciones en múltiples sistemas. No se trata de un único beneficio.
Así como evaluamos el riesgo, el tabaquismo, la alimentación, la presión arterial y los signos vitales, deberíamos preguntar sistemáticamente si son activos o sedentarios y cuánta actividad física realizan. Necesitamos información mucho más detallada al respecto.
No es solamente una recomendación para prevenir enfermedades, sino que también forma parte del tratamiento.
- ¿En qué patologías el ejercicio ha pasado a ser una herramienta terapéutica y no solo un consejo complementario?
Múltiples. Por ejemplo, en la hipertensión arterial, la diabetes, la obesidad, la dislipidemia y las enfermedades cardiovasculares. También es parte de la terapia en afecciones musculoesqueléticas, salud mental y rehabilitación.
En casos en donde es más favorable mantener reposo, como ocurre con algunos pacientes oncológicos, existe evidencia sobre los beneficios de intervenir mediante la actividad física. Se ha observado un impacto positivo en la funcionalidad, la disminución de la fatiga y la calidad de vida, e incluso se han demostrado mejorías en el pronóstico y en los resultados de los tratamientos farmacológicos y quirúrgicos. Se busca evitar su desacondicionamiento físico.
El ejercicio nunca va a sustituir una terapia ni va a reemplazar un medicamento o una cirugía, pero sí forma parte del tratamiento. Debe incorporarse como una indicación, como una receta, tal como hacemos con los medicamentos.
- Teniendo en cuenta que la prescripción del ejercicio recibe poco espacio en la formación de pregrado, ¿qué vacío genera en la práctica clínica y cómo se podría abordar?
Existe una brecha entre saber que el ejercicio es beneficioso y saber cómo indicarlo.
La mayoría de los colegas reconoce sus beneficios y lo recomienda durante la consulta de medicina general. Sin embargo, decirle a una persona que haga actividad física, camine más o ande en bicicleta, sin especificar una dosis, una intensidad o una duración, puede hacer que el paciente no entienda la indicación o no le dé la importancia que corresponde.
También ocurre que el médico, en general, no sabe cómo abordar el ejercicio en las distintas comorbilidades. Hoy la mayoría de nuestros pacientes tiene enfermedades crónicas. El profesional puede desconocer cómo indicar actividad física en una persona con hipertensión, diabetes o una enfermedad pulmonar crónica. Esa inseguridad hace que la recomendación termine dejándose de lado.
Si se egresara con conocimientos básicos sobre dosis, indicaciones, precauciones y objetivos terapéuticos, probablemente cambiaríamos la forma de entender el ejercicio. Dejaríamos de verlo como una recomendación secundaria y comenzaríamos a incorporarlo en los planes de tratamiento.
Además, podrían identificar cuándo es necesario derivar. En pacientes con enfermedades complejas, incluidos los oncológicos y quienes utilizan oxígeno, se requiere una intervención multidisciplinaria.
- ¿Cómo se debe prescribir y qué elementos debería incluir?
Siempre debe ser individualizada. Cada persona tiene una realidad distinta, tanto si está sana como si tiene alguna patología. También hay que considerar el tiempo disponible, las condiciones personales y los recursos económicos, porque practicar deporte puede ser costoso.
A grandes rasgos, al indicar ejercicio, debemos considerar el principio FITT: frecuencia, intensidad, tiempo y tipo de actividad. Así como indicamos paracetamol en una dosis determinada, con una frecuencia y durante cierta cantidad de días, el ejercicio también debe prescribirse de manera concreta. Tenemos que especificar qué tipo de actividad realizar, con qué periodicidad, durante cuánto tiempo y a qué intensidad.
- ¿Cómo se aborda en la práctica a un paciente sedentario o con poca motivación?
Lo primero que hay que evitar es una conversación culpabilizadora, que lamentablemente suele ocurrir. Decirle a una persona sedentaria que tiene que hacer ejercicio rara vez resuelve el problema. El paciente puede tener conflictos personales o barreras que no alcanzamos a identificar durante la consulta. Puede sentir dolor, cansancio o miedo, o haber tenido experiencias previas que desconocemos como médicos.
En mi práctica, intento conocer qué le gusta hacer y qué actividades o deportes ha realizado anteriormente. Muchas personas sedentarias o físicamente inactivas tienen una historia previa. Te cuentan que practicaron atletismo o que les gusta andar en bicicleta. Creo que recuperar esas experiencias es una buena estrategia para ayudarlas a reincorporar el deporte a sus vidas.
También hay que enseñarles que la actividad física no debería verse como algo opcional, que se realiza solamente si sobra tiempo durante la semana o el fin de semana. Tenemos que educar a nuestros pacientes, especialmente a quienes tienen una conducta sedentaria, para que entiendan el ejercicio como una actividad cotidiana de autocuidado. Así como nos lavamos los dientes para prevenir las caries, debemos ejercitarnos para prevenir enfermedades y tratar las que ya tenemos.
- ¿Cuánto influye el ejemplo del propio profesional?
Es muy importante. Ninguna recomendación debería estar desconectada de lo que uno practica en su propia vida. El consumo de alcohol, de drogas y los hábitos de salud son temas que también deberíamos abordar.
En mi caso, comencé a practicar triatlón y natación durante el internado, cuando todavía estudiaba medicina. Muchas veces sentí que hacer deporte era algo mal visto en el entorno médico. Algunos compañeros y especialistas podían cuestionar que una interna fuera a competir o entrenar en vez de estudiar.
Siempre me fue bien académicamente, lo que me ayudó a respaldar esa decisión. Pero creo que es un conflicto importante dentro del área médica: todavía existe una percepción de que dedicar tiempo al deporte puede ser incompatible con una carrera exigente.
- ¿Cómo ha sido su trayectoria como nadadora y qué hitos la han marcado hasta llegar al Mundial de OCEANMAN?
Tengo una conexión muy profunda con la natación. Con el tiempo fui orientándome hacia las aguas abiertas y después incorporé el triatlón, lo que me permitió complementar con el ciclismo y el running.
Empecé a plantearme objetivos, como participar en competencias internacionales. Debuté este año en el OCEANMAN de Lima, donde pude proyectarme dentro de ese circuito y finalmente clasificar a la final mundial en República Dominicana.
Para mí, es mucho más que una competencia: es el resultado de compatibilizar el entrenamiento con mi trabajo como médico y mantener durante mucho tiempo una actividad que realmente disfruto.
Además, este año tuve la oportunidad de ser elegida abanderada de Chile en este Mundial, lo que le da un significado muy especial a toda esta experiencia.
- ¿Cómo logra compatibilizar las exigencias médicas con un entrenamiento de alto rendimiento?
Requiere mucha organización y también aceptar que no todos los días van a ser iguales. Trabajo en consulta, hago turnos y, en ocasiones, también asisto en pabellón. Por eso, tengo que adaptar mis entrenamientos al calendario laboral. Practico deporte porque me gusta moverme, así que debo ajustar mi vida deportiva a mis actividades profesionales.
La clave está en cómo las organizamos y distribuimos. La recuperación también es importante: dormir, alimentarse bien y reconocer cuándo el cuerpo está cansado. Esa es parte de la magia del deporte: aunque no hayas podido entrenar un día, siempre tienes una nueva oportunidad para volver a moverte.
- ¿Cuáles son las diferencias entre la natación en aguas abiertas y en piscina?
La piscina es un ambiente controlado. Sabemos cuánto mide, su profundidad, podemos conocer la temperatura del agua y tenemos líneas de referencia, carriles y un orden. Durante el entrenamiento no pasas por encima de tu compañero.
Las aguas abiertas son un mundo totalmente distinto y mágico, porque desaparecen muchas de esas certezas de la natación tradicional.
Además de tener la capacidad física para nadar distancias más largas, hay que entrenar otras habilidades: orientación, respiración bilateral, adaptación a las corrientes y navegación sin una línea de fondo que sirva de referencia. También hay que desarrollar tolerancia al contacto con otros nadadores. Es un deporte en el que a veces hay muchos choques y no existe un orden tan claro.
- ¿Qué le ha enseñado el deporte sobre su propia manera de ejercer la medicina?
A respetar los procesos. En el deporte uno entiende rápidamente que las adaptaciones no ocurren de un día para otro. Se construyen mediante estímulos pequeños, repetidos y progresivos.
Eso también lo veo en mis pacientes. A veces, desde la medicina, entregamos muchas indicaciones al mismo tiempo y esperamos que una persona cambie de un día para otro su alimentación, actividad física y sueño, y que se adhiera a todo lo que le decimos. Pero no funciona así. El deporte me ha enseñado a valorar que los objetivos se alcanzan progresivamente, a partir de la constancia.
Hay días buenos y malos, y eso no invalida todo un proceso. Intento aplicar lo mismo en mi consulta: me importa que los cambios que buscamos en los pacientes sean sostenibles y se adapten a su realidad, no solamente a los ideales médicos.
La salud no significa únicamente ausencia de enfermedad. También implica capacidad funcional, autonomía durante la tercera edad, bienestar y la posibilidad de seguir haciendo las cosas que son importantes para cada uno.
Referencias:
[1] OMS. (2024). Actividad física. Recuperado de: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/physical-activity
[2] OMS. (2020). Cada movimiento cuenta para mejorar la salud – dice la OMS. Recuperado de: https://www.who.int/es/news/item/25-11-2020-every-move-counts-towards-better-health-says-who
Por Dominique Vieillescazes Morán