Dr. Juan Carlos Said Rojas:
"Chile no tiene un sistema de salud fallido"
La evidencia muestra que el país cuenta con bases sólidas para construir un programa sanitario más integrado, eficiente y equitativo, siempre que las futuras reformas se sustenten en consensos, prevención y una mirada de largo plazo.
En un momento en que el debate sobre el sistema sanitario suele centrarse en sus falencias, el doctor Juan Carlos Said propone una mirada distinta. En su libro "La mejor salud del mundo" analiza la evolución del modelo chileno, sus fortalezas y debilidades, además de revisar experiencias internacionales que podrían orientar futuras reformas.
A partir de una investigación de cuatro años, invita a comprender la salud desde una perspectiva sistémica, donde la evidencia, la regulación y los acuerdos de largo plazo adquieren un rol tan relevante como la economía.
Médico internista de la Universidad Católica, magíster en Salud Pública del Imperial College London, el doctor Said ha combinado la práctica clínica con la investigación, la docencia y el análisis de políticas públicas. Es editor del podcast "Lista de Espera" y divulgador en diversos medios. En su libro reúne evidencia internacional para reflexionar sobre el presente y futuro del sistema sanitario chileno, proponiendo caminos para avanzar hacia un modelo más equitativo, eficiente y sostenible.
- ¿Qué lo motivó a escribir y cuál es el principal mensaje que busca transmitir?
Surgió desde distintos frentes. Por una parte, de mis estudios en Inglaterra y, por otra, de la crisis que se produjo tras el fallo de la Corte Suprema relacionado con las Isapres. En ese momento observé que gran parte del debate intentaba explicar la crisis únicamente desde ese episodio judicial, cuando la verdadera pregunta era mucho más profunda: ¿cómo llegamos a construir un sistema con estas características?
Durante cuatro años indagamos sobre cómo este modelo evolucionó, especialmente desde la década de 1970, entrevistando a actores que participaron en las distintas reformas y analizando las decisiones que marcaron su desarrollo. Eso permitió comprender que muchos de los problemas actuales no aparecieron de un día para otro, sino que responden a procesos que se fueron consolidando con el tiempo.
Una de las principales conclusiones es que Chile no posee un sistema fallido. Me gusta compararlo con una casa grande y antigua, construida sobre cimientos sólidos, pero que fue creciendo mediante ampliaciones poco planificadas. Tenemos fortalezas importantes, como una red sanitaria nacional que permitió una exitosa campaña de vacunación durante la pandemia y una cobertura prácticamente universal de prestaciones esenciales. Sin embargo, también existe una fragmentación relevante entre el mundo público y privado, duplicidades, ineficiencias y dificultades para coordinar la atención de los pacientes.
Si queremos avanzar hacia un país desarrollado, debemos fabricar un segundo piso para esa casa. Eso implica integrar de mejor manera ambos sectores, evitar la duplicación de exámenes y comprender que esto no puede diseñarse únicamente desde una lógica económica. Si bien es una arista indispensable, las decisiones deben responder primero a criterios sanitarios. La experiencia internacional demuestra que incluso los modelos privados más exitosos funcionan bajo regulaciones robustas y con responsabilidades claras respecto de la atención y prevención.
- ¿Qué experiencias cree que Chile podría adoptar con mayor facilidad?
Lo primero que aprendí es que ningún país está completamente satisfecho con su sistema de salud. He escuchado críticas similares en Francia, Alemania, Países Bajos o Inglaterra, pese a que muchos de ellos poseen algunos de los mejores indicadores del mundo. Eso ocurre porque la medicina evoluciona permanentemente y las expectativas también cambian. Cada nueva tecnología genera demandas y ningún formato puede financiar absolutamente todo.
La principal lección es que un programa sanitario siempre debe tomar decisiones respecto a cómo asignar recursos. Muchas veces resulta más costoefectivo invertir en prevención que destinar grandes sumas a tratamientos complejos cuando la enfermedad ya está avanzada. Ese equilibrio exige priorizar intervenciones según su impacto en la persona y no únicamente por la demanda inmediata.
También es relevante comprender que no existe un modelo perfecto. Suelo compararlos con los automóviles: ninguno puede ser simultáneamente el más rápido, el más cómodo, el más económico y el más eficiente. Con los sistemas de salud ocurre exactamente lo mismo. Algunos privilegian mayor libertad de elección y otros más eficiencia mediante filtros en la atención primaria y derivaciones ordenadas hacia la especialidad correspondiente.
En el caso nuestro, creo que la alternativa más realista sería evolucionar hacia un esquema similar al australiano. Es decir, mantener un seguro nacional con acceso tanto a prestadores públicos como privados y complementarlo con seguros privados regulados, sin discriminación por edad o enfermedades preexistentes y con reglas claras para los usuarios. No sostengo que sea el mejor, sino el que más dialoga con la estructura que Chile ya posee y que permitiría avanzar sin partir desde cero.
- ¿Qué ha impedido que alcancemos acuerdos duraderos?
Antes que todo, debemos reconocer que el país ha desarrollado políticas públicas muy exitosas. Con frecuencia somos extremadamente críticos y eso impide valorar avances relevantes, como la cobertura universal, el plan AUGE o la Ley de Etiquetado de Alimentos, iniciativas que incluso han servido de referencia para otros.
Lo que falta es recuperar la capacidad de construir consensos. Las grandes transformaciones sanitarias —como el Servicio Nacional de Salud, las mutualidades o diversas políticas preventivas— fueron posibles porque existieron acuerdos amplios entre los sectores políticos. Esa tradición se ha ido perdiendo y reemplazada por una lógica de confrontación permanente.
Necesitamos entender que se trata de una construcción común. Nadie va a desaparecer del escenario y, por lo tanto, las soluciones solo serán sostenibles si somos capaces de trabajar sobre la realidad y proyectarla hacia el futuro. Esa disposición al diálogo probablemente sea el principal desafío de las próximas reformas.
- Las listas de espera siguen siendo una de las principales preocupaciones. ¿Qué cambios considera prioritarios para enfrentarlas de manera sostenible?
Lo primero es dejar de utilizarlas como un instrumento político. Todos los sistemas de salud las tienen; existen en Suiza, Alemania, Países Bajos o Inglaterra. Son un mecanismo inevitable de gestión porque ninguno puede responder simultáneamente a todas las necesidades. La discusión debe centrarse en cuáles son los tiempos razonables de espera y qué ocurre cuando esos plazos no se cumplen.
Chile avanzó significativamente con la implementación del AUGE, ya que comenzó a medir estos tiempos y establecer garantías explícitas. Gracias a ello hoy conocemos con precisión dónde existen incumplimientos y cuáles son las áreas más críticas, especialmente en patologías oncológicas y en las prestaciones fuera del AUGE.
Las soluciones requieren actuar en varios frentes. Es indispensable aumentar la productividad hospitalaria para que pabellones y hospitales funcionen durante toda la jornada, generar mejores incentivos asociados al desempeño de los equipos clínicos y reducir la fragmentación laboral entre el sector público y privado. Paralelamente, debemos modernizar completamente la gestión de las listas de espera, incorporando seguimiento activo de los pacientes, actualización permanente de su situación clínica y mayor transparencia respecto de los tiempos estimados de resolución.
También es necesario ampliar el foco. Habitualmente hablamos de listas de espera quirúrgicas, pero muchas veces los mayores retrasos ocurren en procedimientos diagnósticos como endoscopías o colonoscopías, que son determinantes para iniciar abordajes oportunos. Mejorar la gestión de esas prestaciones probablemente tendría un impacto sanitario tan importante como reducir la espera para una cirugía.
- ¿Considera que Chile invierte poco en promoción y prevención?
Existe un desequilibrio importante. Si uno revisa cómo se distribuye el gasto sanitario, observa que la Subsecretaría de Salud Pública, responsable de muchas de las políticas de promoción y prevención, recibe menos del 5% del presupuesto en salud. Incluso la atención primaria, donde se concentra gran parte de las intervenciones preventivas, representa alrededor del 20% del gasto, muy por debajo de lo que distintos organismos internacionales han recomendado fortalecer (la OPS señala un 30%).
Las intervenciones que se realizan en atención primaria siguen siendo las más costoefectivas. Controlar oportunamente la hipertensión, pesquisar diabetes, promover actividad física, apoyar el abandono del tabaco o educar en hábitos saludables evita complicaciones que posteriormente generan hospitalizaciones, cirugías, insuficiencia renal, amputaciones o ceguera. Sin embargo, estas acciones suelen tener mucha menos visibilidad que la incorporación de nuevas tecnologías de alta complejidad, pese a que su impacto poblacional es enorme.
- La inteligencia artificial promete grandes transformaciones. ¿Cuáles serán los cambios más relevantes durante los próximos años?
En muchos casos actuará como un asistente clínico, facilitando el trabajo cotidiano de los profesionales. Hoy atendemos personas con múltiples enfermedades, tratamientos complejos y fichas clínicas extensas. La capacidad de resumir esa información, organizar antecedentes relevantes y apoyar la documentación clínica permitirá dedicar más tiempo a la atención propiamente tal. De hecho, ya existen herramientas que registran automáticamente la conversación entre médico y paciente e incorporan esa data a la ficha, lo que representa un avance muy significativo.
También habrá áreas donde realizará tareas que hoy ejecutan los especialistas. Sin embargo, no comparto la idea de que esto vaya a provocar un reemplazo masivo de médicos. La historia de la medicina muestra que cada innovación tecnológica automatiza determinados procesos, pero al mismo tiempo genera nuevas necesidades clínicas y oportunidades para desarrollar actividades de mayor complejidad.
- Usted ha combinado la práctica clínica, la investigación, la academia y ahora la divulgación a través de este libro. ¿Qué le ha aportado esa combinación de experiencias?
Creo que cada uno de esos ámbitos permite observar el sistema sanitario desde una perspectiva distinta y complementaria. La primera muestra diariamente las dificultades que enfrentan los pacientes y los equipos; la segunda obliga a analizar la evidencia con rigurosidad; y la tercera ofrece el espacio para reflexionar sobre esos hallazgos y formar nuevas generaciones; mientras que la divulgación permite acercar estas discusiones a un público mucho más amplio.
Precisamente, "La mejor salud del mundo" nace de esa integración. Mi intención fue reunir data científica, análisis histórico y experiencias internacionales para aportar a una discusión que se alejara de las simplificaciones que muchas veces predominan en el debate público. Uno de los principales desafíos es comprender que las reformas sanitarias requieren mirar el sistema completo y no únicamente los problemas más visibles.
- Si pudiera desterrar un mito que persiste en el debate, ¿cuál sería?
Probablemente, el pensar que nuestro sistema sanitario está completamente quebrado o que no posee fortalezas relevantes. Esa mirada impide reconocer avances que han sido extraordinariamente importantes para el país, como la cobertura universal, las garantías explícitas en salud, las campañas de vacunación o diversas políticas preventivas que incluso han sido replicadas internacionalmente.
Cuando solo observamos las deficiencias, tendemos a proponer soluciones que parten desde cero, como si todo debiera reemplazarse. Mi impresión es distinta. Chile cuenta con bases sólidas sobre las cuales construir un modelo mejor integrado, más eficiente y equitativo. El desafío consiste en corregir aquello que no funciona sin perder las fortalezas que hemos desarrollado durante décadas. Esa mirada permite discutir reformas con mayor realismo y menos polarización.
Por María Ignacia Meyerholz